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Cuando los comentarios son más duros que las balas

  • 30 ene
  • 2 Min. de lectura

Hoy leí sobre un ataque al cuartel general de Jabad en Nueva York. Un coche que embistió un edificio judío. Miedo. Conmoción. Trauma.

Sé que en estos tiempos es muy difícil. Hay tensión en el aire.

El antisemitismo crece visiblemente. Para los judíos de todo el mundo, la vigilancia ya no es un concepto abstracto, sino una realidad cotidiana.


Precisamente por eso, no solo me impactaron las imágenes del ataque, sino sobre todo los comentarios debajo de los vídeos.

''¿Por qué no lo matan a tiros?''.

''Lo único que faltaba era que gritara Alá.''

''Apuesto a que el alcalde le dará la mano personalmente.''


Frases escritas sin pensar, pero cargadas de odio, burla y deshumanización.

Lo que ocurre aquí va más allá de la ira. Es cinismo que reduce las vidas humanas a caricaturas. Es un castigo colectivo en palabras y el momento en que el miedo se convierte en decadencia moral.

La Torá y también la ética noachita enseñan algo que hoy parece radical: la justicia no es venganza. La justicia no significa que renunciemos a nuestra humanidad en cuanto las cosas se ponen emocionantes, y tampoco significa que se justifique el mal.


Significa que la justicia no debe sustituirse por la sed de sangre.

Cuando la gente pide la muerte de un sospechoso en los comentarios de los vídeos, o se burla y demoniza a grupos enteros de población, no busca seguridad ni justicia. Lo que se ve es un corazón que se cierra para no tener que sentir.

Y sí, entiendo de dónde viene la tensión. Entiendo el miedo y entiendo el dolor de las comunidades judías que se sienten cada vez más atacadas.


Pero precisamente entonces surge la pregunta: ¿nos estamos convirtiendo en lo que tememos?

Una sociedad que responde a la violencia con palabras que quieren matar pierde algo sagrado: la conciencia de que cada ser humano ha sido creado a imagen y semejanza del Creador.

Que me resulte difícil leer esto no significa que sea ingenua. Significa que me niego a volverme insensible. Porque en cuanto las palabras dejan de afectarnos, el alma ya ha comenzado a endurecerse.

Quizás nuestra tarea en estos tiempos no sea gritar más fuerte, sino seguir siendo humanos.

Precisamente cuando eso es más difícil.


Escrito por Sarah

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